Por qué el Gobierno me ha tocado tanto los cojones

Yo no debería estar escribiendo esto, pero no me quedan más cojones. No debería estar escribiendo esto porque soy periodista y trabajo en La Sexta y da la casualidad de que estoy de baja. Por eso, no me parece ético que, si no puedo escribir para quien me paga, pueda darle a la tecla con este artículo. Pero resulta que tengo que hacerlo porque este texto me quema en la garganta. Y, pese a estar en la cama de un hospital (público) y medicado como un mono en una misión de la NASA, es la primera vez en mi vida que no me puedo callar algo. ¿Por qué? Pues porque esto no lo escribo como periodista ni como jefe de la Sexta Columna ni como icono sexual de este país, escribo esto como ciudadano. Y, como ciudadano, estoy hasta los cojones. Aclarados los matices, procedo.

El tuit del PP, el de que nos suben la luz por culpa de Zapatero, es para hacerlo analógico, imprimirlo sobre un menhir, dejar aristas y metérselo por el culo al guapo que ha tenido la idea de publicarlo. Quiénes se han creído que son y qué piensan que somos nosotros. Y digo “piensan” consciente de que el verbo puede resultar hiperbólico. No es que nos tomen el pelo día tras día, es que nos miran como si fuésemos mentira. Pues, no. Señores, no. Somos verdad. Y cuando decimos que estamos hasta los cojones les estamos diciendo que no nos hagan llegar más allá, porque cada día somos más los que estamos muy cerca de dar un paso hacia el precipicio y ponernos más allá del hartazgo. Ustedes se han creído que aceptamos que nos mientan sonriendo, que aceptamos que el Presidente del Gobierno de España nos trate como a súbditos, que dé, aunque parece que regala, ruedas de prensa detrás de un plasma o que conteste las preguntas que están pactadas con ABC cuando accede, como si fuese un dios, a hablarnos. Eso no es un presidente, es un sucedáneo. Ahora, cuando es más necesario que nunca tener un líder que nos hable con franqueza, tenemos a un tipo que ha tenido el valor de mentir en el Congreso pero no tiene arrestos para asomarse a la ventana y ver los rostros de todos a los que está engañando. Sólo me explico esto diciéndome que ustedes, Gobierno, se han instalado en una mentira que creen que está pactada. Pues, ¿saben qué les digo? No hay pacto. Ustedes dan por hecho que nosotros sabemos que nos están mintiendo y que lo aceptamos. Y la culpa es nuestra, por malcriarlos. Ustedes ganaron unas elecciones con un programa electoral que todos sabíamos que era falso y que estaba vacío. Con ese punto de partida, es lógico que ustedes hayan llegado adonde han llegado, pero, les digo con franqueza, abandonen ese camino o las cosas se les pondrán mucho peor.

Este país cometió un error votándoles hace dos años. Su programa vacío y vencedor no reveló su poca vergüenza, de la que ya teníamos noticias hace tiempo. Que ustedes ganasen con una ficción pactada sólo nos contó que este país no tenía el fuste democrático necesario para ese momento, que era, y sigue siendo hoy, el más exigente de todos los que hemos vivido la mayoría de los que votamos hoy. Ese fuste no estaba ni entre los que votamos (que debimos habernos insubordinado) ni entre ninguno de los que acudió a las elecciones. España votó hace dos años entre un desgaste que se había traicionado a sí mismo y una mentira con sorpresa, ustedes. Entonces, hace dos años, aceptamos eso con la vaga esperanza de que ustedes no serían tan hijos de puta como su imaginación les iba a permitir ser. Se creyó, de forma bastante inocente, que ustedes serían un poco responsables. Pero los hechos nos han traído al gobierno más irresponsable, zafio y engreído de la historia de la democracia. Ustedes no gobiernan, dictan. Y resulta que nosotros estamos un poco hartos de afilarles el lápiz para que nos lo metan por el culo.

Estas últimas semanas, su desvergüenza se ha sacado la pulserita del todo incluído y ustedes, que están borrachos de falta de respeto, no son conscientes de lo que está pasando. El tuit de la subida de la luz es el ejemplo más claro por simple. Publican esa puta mierda y revelan todo lo que piensan de nosotros. No son ustedes tan estúpidos como para pensar que alguien se va a creer que nos calzan un palo en kilovatios por culpa de Zapatero, pero lo publican. Y aquí es donde comenten el error más grande, porque publicando algo que saben que no nos vamos a creer nos están diciendo: me suda los cojones lo que penséis, me la trae al pairo lo que sepáis, vosotros sois una escoria que sólo cuento en millones de votos y yo soy el tipo que manda, que se saca la polla de cuando en cuando para que vengáis a soplar. Ya podéis ponerme a parir en Twitter, ya podéis rodear el Congreso, ya podéis hacer un arcoiris de mareas por no sé qué derechos, que a mí las cuentas me siguen saliendo. Y las cuentas son sencillas. Hoy volverían a ganar las elecciones. Las volvería a ganar Rajoy y no quiero ni pensar lo que podría hacer la mano oculta del Gobierno, la única a la que no están quemando con estos escupitajos en el ojo de la ciudadanía, Soraya Sáenz de Santamaría. Si ven a algún medio masivo que ataque a Soraya, avisen.

Lamentablemente, como acaba de pasar con este tuit, pasa con todo. Hacienda es un nido de socialistas. ¿Se lo va a creer alguien? No, pero que les den por el culo. Penalizar las manifestaciones, endurecer sanciones y acorrarlar el descontento ciudadano mientras no se tienen los cojones de decir la verdad: que lo que pretenden es coaccionarnos, amedrentarnos y tenernos en casa. ¿Se cree alguien al ministro del Interior? No, pero que nos den por el culo. Decirnos que Bárcenas era un señor y sus papeles son los de un señor, no los de su partido. ¿Se cree alguien esas palabras babosas de bilis y heces que salen de la boca de Cospedal? No, pero que nos den por el culo. Que la Fiscalía no le está dando un trato de favor a la Infanta, que el juez Castro es un exaltado y que el Fiscal Anticorrupción de Baleares ha cambiado de talante sin presiones de Torres-Dulce, ¿se lo cree alguien? No, pero que nos den por el culo. Lo mismo podría decir del déficit, de los recortes, de que España está en la senda de la recuperación, de que somos atractivos para la inversión extranjera, de que las recetas de la austeridad son las únicas posibles y de que España está siendo un ejemplo para Europa, de que Madrid (un ayuntamiento endeudado hasta la náusea) es el caso palmario de la brillante gestión del PP, de que criminalizar el aborto es en realidad darle un nuevo marco normativo… ¿se cree alguien todo eso? No, pero que nos den por el culo.

No son las políticas que están aplicando, señores. Es la falta de pudor que tienen para mentirnos. Es su soberbia. Es su forma de sonreír mientras saben que sabemos que nos están mintiendo. Es su arrogancia. Es esa sensación de que para ustedes nosotros somos un cortijo. Algunos dicen que ustedes piensan que la ciudadanía es tonta y que por eso nos insultan con ese descaro. Yo no les creo a ustedes tan estúpidos. Sus excelencias saben que no somos tontos, pero se la pela porque las cuentas les siguen saliendo. ¿Quieren que les diga algo que se les está olvidando, señorías? Caos.

Ustedes parece que no se dan cuenta de que nosotros, los que estamos al otro lado de la demoscopia, podemos transformanos en caos. Hoy, cuando he leído su tuit, me han dado ganas de liarme a hostias con todo lo que me huela a ustedes. Y se lo estoy diciendo yo, que soy un ciudadano pacífico, sin antecedentes penales, excelentemente educado por lo público, hijo de obreros. Se lo estoy diciendo yo, que estoy en la cama de un hospital bajo medicamentos que, en teoría, anulan mi mala hostia. Se lo estoy dicendo yo, que llego a fin de mes, tengo un trabajo estable, una casa, una empresa que me cuida como si fuese mi familia, un coche, un perro y vacaciones en la playa. Se lo estoy diciendo yo, que no me puedo quejar. Yo, que estoy en una cama que me recuerda cada día por qué es necesario el Estado del Bienestar. Yo, que en cada enfermera, en cada médico y en cada resonancia, veo cuáles son las cosas que puede hacer la política cuando es bien entendida y qué nos han traído más de tres décadas de convivencia pacífica. Yo, les digo, señorías, que hace semanas que rebasé la línea del hartazgo. Me tienen ustedes hasta los cojones.

El momento que vivimos es una emergencia nacional. Este gobierno no se sostiene, ni tiene legitimidad democrática, ni dignidad para mirarnos a la cara y decirnos la verdad. Decía Montero Glez que nos dan por el culo y no tienen ni el detalle de hacernos una paja. Eso es exactamente lo que ocurre. Por eso, necesitamos una renovación urgente en la política. No necesitamos reformar la Constitución mañana por la mañana, ni entregarle el poder a los ciudadanos a golpe de asambleas, ni abrir el modelo de democracia a algo más participativo y menos representativo, porque eso sólo conduciría al cambio de unas élites por otras. Lo que necesitamos es algo más sencillo y con mucho más contenido. Necesitamos una respuesta política sólida que haga que este gobierno desvergonzado y arrogante envejezca tres siglos en una mañana. Necesitamos que esa alternativa sea capaz de gobernar con un respaldo ciudadano nunca visto, y eso excluye a Izquierda Unida y a UPyD de la equación como elemento principal. Sólo queda un partido. Mejor dicho, no nos queda ni eso. La única esperanza que tenemos es el recuerdo de un partido, el PSOE. Necesitamos que se encuentre a sí mismo, que aniquile su pasado inmediato y que recupere su pasado lejano. La izquierda. Ni susanas que ganan por la puerta de atrás de las primarías con cara de vampiro, ni alfredos que esperan a que llueva tanta mierda que la casualidad y no el mérito puedan hacerles llegar a la Moncloa. Necesitamos un PSOE que no parezca ni sea el PSOE que recordamos, porque es el único partido de izquierdas capaz de darle un vuelco a esto con una mayoría suficiente de españoles, porque lo que hay que hacer es tan profundo y tan urgente que sólo se puede construir desde la responsabilidad y la solidez que ese partido es capaz de generar cuando le da por jugar bonito y no por joder la partida descolgando el teléfono de Bruselas. Necesitan eso quienes le han votado antes y lo necesitamos quienes no lo hemos hecho nunca y probablemente no lo vayamos a hacer, porque alguien que parezca que puede gobernar sin ser engullido por el monstruo del Sistema nos tiene que decir que otro camino es posible, que existe una esperanza política ajena al caos. Y esa esperanza no sólo tiene que ser creíble, tiene, sobre todo, la obligación de parecerlo, a nuestros ojos y a los del mundo. Por eso este momento es una emergencia. Si al Gobierno le preocupase de verdad la seguridad ciudadana, no rodearía el Congreso con policías ni prepararía multas astronómicas para los manifestantes. Si le preocupase de verdad que no se prenda la mecha, dejaría de mentirnos mientras nos sonríe y entre los labios le asoma esa sonrisa de desprecio, esa baba de brillantina y Jaguar en el sótano que nos produce estas ganas incontenibles de darles dos hostias.

Si no ocurre nada de esto, como creo que pasará, el Gobierno va a terminar por generar caos. Y cada día somos más los que pensamos que, después de tanto tomar por el culo, igual nos ponemos a dar patadas en los cojones. Dicho de otra manera: si para el Gobierno siguen siendo más importantes las eléctricas, el FMI, Moody’s o la cancillería alemana porque, de no obecerles, pueden generarles graves problemas, igual es el momento de que los ciudadanos representemos un problema mayor. Quizá así consigamos que, al menos, algún día nos traten con respeto.

Presentimientos de clase

Wall Street lleva cinco semanas consecutivas cerrando con pérdidas, no ocurría desde 2004. ¿Soy yo un analista de mercados? No, Locke, me libre. Sin embargo, la experiencia me dice que esto, de alguna forma difusa y seguramente todavía por pergeñar, acabará perjudicándonos. Y con ese “nos” me refiero a todos los que fuimos criados con la monserga equivocada; a los que nos dijeron: come lentejas porque tienen mucho hierro, pero nunca: agarra una visa porque tienen mucho oro. Por si les cabe alguna duda de a quiénes me refiero, somos los tipos a los que Azuela llamó “los de abajo”. Y con ese abajo, quiero decir abajo.

La misma premonición, distinto contexto: Mariano I El Grande se sienta hace unas horas en la mesa redonda del Círculo de Economía (catalán). Dejándose llevar por las compañías (apréciese la polisemia), afirma: “Tendremos el Estado de Bienestar que nos podamos permitir.” Y nadie pregunta: ¿Que nos podamos permitir todos o cada uno?

Y vuelve el presentimiento, reacciono como el perro que ve un periódico enrollado. Y, entonces, es entonces, cuando Rajoy se saca un condicional del modo y nos tranquiliza, porque, al menos, sabemos que a él le gustaría: “A mí me gustaría mantener la educación, la sanidad y las pensiones.” Y a mí me gustaría hablar alemán, que lo de Carla Bruni conmigo hubiese sido diferente y que alguien rentabilizase la poesía, pero dos de esas tres cosas son prácticamente imposibles y una irreversible.

Y aquí está almendra de asunto: para los mercados hay dos tipos de estado de bienestar: el imposible y el irreversible. El nuestro era de los segundos, esa rareza equitativa europea que no comprenden las personas que en vez de alma tienen Excel. En indicativo no hay manera de conectar ambos tipos, pero la naturaleza del mercado es especulativa, y se especula en condicional y en subjuntivo. Y éste es el camino al que apunta Rajoy: del condicional pasaremos al subjuntivo y desde ahí el camino es muy corto hasta el pretérito, desde luego, perfecto y bien simple. Entonces nos dirán que el estado de bienestar es imposible, y nosotros comprenderemos, oh maravillas del léxico, la auténtica dimensión de la palabra irreversible.

El recepcionista de Sarajevo

Mladic está en una celda de aislamiento. Existe un riesgo: cuando se aísla a un criminal solemos encapsular también sus crímenes; al inventariarlos, se despersonalizan. Y ocurrirá en unos meses que, donde ahora queremos ver a un hijo de puta sentado en el banquillo, veremos el perfil de un viejo que lo mismo podría estar en un ambulatorio esperando para coger recetas.

Voy a intentar explicar por qué mucha gente no logrará interponer nunca esa distancia. Es julio de 2009. Estoy en Sarajevo y hablo con muchos bosnios musulmanes sobre la guerra en un recorrido por los Balcanes. Hay una conversación que nunca publico, pero que ahora me ha llamado mucho la atención al revisar mi cuaderno de esos días. Es casi un telegrama, notas escritas para mí, pero voy a respetar la redacción:

“Sarajevo, una posada, un mostrador. Habitación sin baño, con excrementos de ratón sobre la colcha. Al recepcionista le faltan dientes. Fuma. Tiene la misma edad que yo./ Dice que ha olvidado la guerra, que ha perdonado, que se pasó la infancia en un cerco y que no piensa vivir ahora en otro./ Dice que para él la guerra ya no importa, que tiene amigos serbios./ Entonces nombro a Mladic: 8.000 musulmanes muertos, la Gran Serbia./ Las manos del recepcionista se cierran. Ahogan el aire. Silencio. Y el recepcionista, sin dientes, solamente dice Mladic. Lo repite. Lo susurra. Después regresa. Asiente no sé a qué. Sonríe…”

Julio de 2009, Biblioteca de Sarajevo

El discurso del perdón se repite mucho en los Balcanes, sobre todo en Bosnia. En Sarajevo convivieron las cuatro religiones del Libro durante 500 años y ese espíritu conciliador permanece, hace que el perdón, 15 años después, supere al odio. Pero palabras como Mladic o Srebrenica descabalgan al perdón porque están cargadas de algo mucho más persistente que el odio: dolor. Tomé la foto que publico en la biblioteca de Sarajevo, no hay libros porque ardieron y no está reconstruida porque la economía bosnia fue lo primero que destrozaron los serbios. Ahora hay exposiciones en esa biblioteca. Son fotografías de fosas comunes y tumbas abiertas. Dignificación de cadáveres.

La detención de Mladic y la exhibición de estas fotografías tienen el mismo sentido, y, ambas, más contenido del que poseen hoy por sí solas las cifras de muertos. Son la representación de dos decisiones contra el dolor y contra el vacío; el vacío y el dolor del rostro del recepcionista la mañana en que estranguló el aire y sólo pudo decir Mladic como un susurro. De eso se trata, de llenar todas las miradas que se vacían hacia la memoria cuando uno pregunta un poco, todavía hoy, en los Balcanes.

Debajo de sus cascos

El único sentido de algunos cascos es separar al cerebro de la Civilización, eso se ha demostrado hoy en Barcelona. Pero les haríamos un gran favor a las conciencias de los mossos si pensásemos que esos cráneos están huecos, que no tienen novia, ni hipoteca, ni son unos de los nuestros. Así que veamos la película desde su lado, por falta de costumbre, porque nadie piensa en el pie cuando ve una patada en los testículos. Hagamos un ejercicio de humildad y pongámonos en la piel de un mosso:

El mosso se ha levantado hoy muy temprano y no ha desayunado sardinas, porque tienen mucho fósforo y ellos son más de aporte proteico. En el coche, porque este mosso es un melómano, se ha puesto Maxima Fm y ha conducido respetando todas las reglas de tráfico hasta llegar a la madriguera. Buenos, días. Buenos, días. Algún qué pasa maricón con los que más confianza tiene, y, allá, al fondo, silenciosa y cubierta de polvo, veíase la porra, que es como se conoce a un palo cuando se utiliza para pegar a un ser humano en vez de a un animal.

Y, después, en la furgoneta, mientras los demás hablan de Heidegger, nuestro mosso masca chicle mientras piensa en esos rumores sobre la cocaína y los antidisturbios, y, piensa, también lo piensa, en el principio de Salvar al Soldado Ryan, porque, cree nuestro mosso, que ahí, rodeado de hombres, en la lechera, sin ver lo que hay en el exterior, tocando sus armas, algo lo hace heredero de Normandía: ¿Es la lucha por la libertad? No, son las hostias, que se avecinan.

Al salir, nuestro mosso se avergüenza porque se le ha metido en la cabeza una canción de Manzanita. Siempre que está nervioso canturrea y, ahora, frente a todos esos piojosos, repite como una tautología: Yo quiero besarte, yo quiero siempre a ti acariciarte… Yooo, quiero ser, el trovador que canta en tus sueeeños… Deduce que, si sus compañeros lo oyeran cantando por un gitano, le arrancarían la lengua o, lo que es peor, no le sujetarían nunca más las pesas en el gimnasio. Y la cosa se calienta: una chica que grita no para de hacerle fotos. A él, a su compañero, a su otro compañero. Y, entonces, él se confunde, porque ya no sabe si él es él o si es cualquiera de los tipos que tiene al lado, todos vestidos igual, todos con la misma talla, todos con el mismo discurso. Entonces levanta el brazo, no para golpear a nadie, sino para asegurarse de quién, de entre todos los mossos, es él. Pero ocurre algo maravilloso, en ese instante muchos mossos levantan el brazo. Así que él lo baja. Y golpea, puede que golpee. Y los demás hacen lo mismo. Así que vuelve a levantarlo. Y la chica le grita identifícate, identifícate. Y el mosso, mientras susurra la de Manzanita, piensa que éso es lo que quiere: encontrarse, pero no se reconoce entre la masa de porras, cascos y uniformes. Y la chica grita. Grita. Grita muy cerca del escudo. Así que el mosso la borra. Y la chica se cae, o se sumerge, o desaparece, o se empaña. Y todo vuelve a empezar. Levanta el brazo, lo baja. Levanta el brazo, lo baja. Y no sabe por qué, pero no puede ver ningún rostro, como si todo fueran sombras, como si hubiera regresado a la Caverna, pero esto de la Caverna lo digo yo porque él ya no se acuerda de Platón.

Después, por la noche, en una cena romántica en el Vips, antes de ir a ver Piratas del Caribe 4, la novia le preguntará qué tal el día, queriendo preguntarle: ¿Estabas allí, me pareció verte en las noticias? Y él contesta que no le apetece hablar del trabajo, que ha sido un día duro. Y entonces, sin querer, contesta, porque para quejarse no se lleva la mano a la cabeza, se la lleva al brazo, que es lo que les duele a los polis malos cuando han currado mucho.